EspecialesLa explosión que mató a 9 personas y arrasó con la esquina de Perú y Pellegrini, en 1949

Esa esquina del centro de la Capital se asemejaba a un campo de batalla, por la devastación y los cuerpos incinerados a causa del estallido de un camión con combustible. Una tragedia cuyos rastros casi se desvanecieron 73 años después.
abril 11, 202216 min

Por Eduardo Espeche

La esquina de Perú y Pellegrini fue el escenario de una explosión infernal que mató a 9 personas en el año 1949, con una onda expansiva que causó destrucción en un amplio radio y una columna de humo visible a varios kilómetros.

 

Hoy, el ajetreo nervioso de la ciudad hace improbable que los transeúntes reparen en un monolito ubicado en esa plazoleta, que recuerda a las 9 víctimas fatales y cerca de 100 heridos de esa jornada aciaga, quizás la más trágica de su historia. En 2009 se colocó una placa recordatoria, al cumplirse 60 años.

 

El jueves 13 de octubre de 1949 a las 17.00 un camión tanque de YPF descargaba combustible en la empresa La Unión, de Riera y Fiorini (que luego se convertiría en cooperativa) y algunos pasajeros ya esperaban la salida del colectivo hacia Tucumán. En esa esquina estaban la parada, las oficinas y los talleres de la firma.

 

El camión conducido por Jacinto González había salido a hacer reparto con 16 mil litros de nafta y llegó a La Unión con aproximadamente 7 mil. El empleado Martín Diosquez recibió el camión y comenzó la rutina de la descarga en los tanques que alimentaban los colectivos, pero repentinamente la manguera se prendió fuego.

 

El chofer del camión alcanzó a sacarlo del galpón en reversa y lo detuvo en la esquina opuesta, donde por aquel entonces funcionaba la imprenta Cóndor. Entonces la manguera se cortó por la mitad y comenzaron a propagarse las llamas.

Mientras tanto, dentro del galpón las llamas amenazaban con alcanzar el tanque de la empresa y Oscar Díaz tomó la tapa que ya se había calentado por el fuego y tapó la boca, en un acto de coraje.

 

Oscar Costabel, un viajante que se encontraba allí, diría después que escuchó decir al chofer González que “un chico arrojó un fósforo” que prendió fuego la manguera, pero con el caos que sobrevino fue imposible identificarlo.

 

Los bomberos partieron raudos hasta el sitio con una dotación a cargo de su jefe, Filadelfio Juarez. En pocos segundos comenzaron a tirar líneas para combatir el fuego que había tomado el camión tanque y que en un momento pareció ceder.

 

EL DESASTRE

Una multitud de curiosos comenzó a congregarse en torno a la esquina y desobedeció las órdenes de los policías que les indicaban alejarse del lugar. Al ver que las llamas parecían disminuir incluso se acercaron más. Esto tendría consecuencias graves.

 

Primero explotaron los neumáticos, cuyo estruendo alejó a las mil personas que rodeaban la escena y eso influyó para que las víctimas no fueran más.

 

Luego sobrevino el desastre: “De pronto se avivó (el fuego) y una tremenda explosión sacudió la tierra. Se sintieron gritos. La gente despavorida corría para escapar de la lluvia apocalíptica de fuego. Un torrente de hombres, mujeres y niños en fuga por la calle Perú hacia el Sur”, relató aún conmocionado un redactor de El Liberal.

 

El enfermero Ramón Padilla se encontraba en la esquina de Tucumán y tomó su bicicleta para avisarles a los bomberos del inminente peligro y avanzo sobre Pellegrini, pero lo alcanzó la explosión.

 

Un colectivo que doblaba en esa esquina también fue alcanzado por la explosión y hubo niños quemados y golpeados.

El sacerdote Santiago Salazar también resultó herido, al igual que el empleado de El Liberal, Alberto Díaz, y el radiotelegrafista Eduardo Olivares, entre muchos otros.

 

La crónica señala que se vio a una joven que corría semidesnuda porque la fuerza de la explosión le había arrancado las ropas. Era una antorcha humana. Un médico la interceptó y la derribó con una frazada para apagar las llamas.

 

“A la diabólica explosión, siguió otra menor –detalló el cronista-. Los que pudimos, advertimos la nube plomiza que luego de elevarse a más de cincuenta metros, cubría en descenso un área de cien metros aproximadamente”.

 

“El espectáculo era horrorizante. Personas había que corrían con las ropas en llamas, y algunos, con solo los restos de aquellas, con la piel quemada a jirones. La calle se había oscurecido un tanto como para acentuar el fondo dantesco de la tragedia”, precisó.

 

“Todo esto fue cosa de segundos –relató el testigo-. Luego el saldo doloroso, conmovedor. Los gritos de desesperación y de dolor de los quemados. Un agente de bomberos quedó instantáneamente ciego; otro pedía por favor que le quitaran las polainas, donde el fuego clavaba más despiadadamente su diente quemante”.

 

El camión tanque quedó completamente carbonizado y, a su lado, se podía ver el esqueleto de un quiosco de revistas incinerado. Los bomberos se repusieron y continuaron su lucha contra el fuego.

 

Luego el cuadro desolador: “Había en el piso restos de chaquetillas que usan los bomberos, camisas quemadas a medias, calzados y polainas de las usadas por la policía y bomberos”.

 

“Los que hemos asistido a este terrible siniestro no olvidaremos nunca la imagen ruinosa y tétrica que hemos tenido ante nuestros ojos y la sensación desesperante de calor producido por la explosión”, culmina la crónica.

UNA MULTITUD DE HERIDOS

El sanatorio de Agua y Energía, la Asistencia Pública, el hospital Independencia y el Mixto se vieron colapsados por el centenar de heridos que ingresaron, varios de ellos en estado desesperante. El propio gobernador Carlos Arturo Juárez, que comenzaba su primera gestión, acudió al lugar de los hechos y luego recorrió los hospitales acompañado por funcionarios y legisladores para visitar a las víctimas.

 

“Al triste espectáculo de los cuerpos con horribles quemaduras, a los que se prestaba atención de inmediato, se agregaba el de otros con los cuerpos o la mayor parte de sus miembros cubiertos con vendas y gasas y el dolorido quejarse de las víctimas”, se describió.

 

Las víctimas fatales fueron identificadas como el sargento Segundo Pesce, quien pese a encontrarse de franco acudió al lugar; Augusto Rossi; el adolescente Víctor Ortigosa, de 17 años y su compañero Carlos Eduardo Barrionuevo, quienes ayudaron a los bomberos y Ester Saavedra, de 16 años.

 

También los bomberos Justo Pavón, Martín Bolañez, Marcial Padilla y Justo Daniel Vega.

UN MULTITUDINARIO HOMENAJE

El entonces ministro de Gobierno Luis Pericás recibió la pompa fúnebre y los féretros fueron velados en el salón blanco de la sede del Ejecutivo, que en ese entonces todavía funcionaba en el actual Centro Cultural del Bicentenario.

 

Luego de las exequias, el propio gobernador Juárez encabezó la marcha hacia la catedral basílica mientras cargaba uno de los ataúdes por sus manillas. Una multitud acongojada asistió a la ceremonia y cubrió la plaza Libertad, mientras una guardia con bayoneta calada abría el camino a la catedral.

 

Arriba de sus cabezas, un avión del Aeroclub hizo acrobacias en homenaje a los caídos. Luego un largo cortejo de carrozas y vehículos se dirigió hacia la Estación Central Córdoba y las bocinas de las locomotoras sonaron sumándose al reconocimiento. El camino del cortejo fúnebre fue despejado con un piquete de bomberos y policías federales.

 

El sacerdote Francisco Dubrovich dio el responso y el obispo José Weimann bendijo los féretros. Julio Gómez, del Círculo de la Policía y Bomberos dijo, emocionado: “hombres jóvenes, de quienes se esperaba mucho y bueno para la policía y la sociedad, que ayer los han visto caer cumpliendo en demasía con su deber. Sin pedir nada, sin protestar, dándolo todo como siempre, desaparecen en la plenitud de su vida”.

 

Enterada de la enorme tragedia, Eva Perón envió dos aviones sanitarios hacia Santiago del Estero para trasladar a los pacientes graves a centros de mayor complejidad. Por su parte, el gobernador Juárez fletó un tren para que aprovisionara a los centros médicos de plasma y penicilina.

 

El juez Félix Noriega ordenó la detención del conductor del camión Jacinto González y el mecánico Martín Diosquez, quienes participaban de la operación de descarga de combustible, pero luego los liberó.

 

Hoy en esa esquina ya no quedan vestigios de la tragedia, apenas un monolito que recuerda a quienes heroicamente lucharon y perecieron contra el desastre causado por la negligencia.

 

Fuente: diario El Liberal, gentileza del archivo de la Biblioteca 9 de Julio.