Especiales¿Cómo eran los juicios por hechicería en el Santiago colonial?

Dos de los juicios por hechicería que sobrevivieron al paso de los siglos demuestran los horrendos métodos de tortura que aplicaban las autoridades coloniales contra indígenas y negros.
abril 19, 202221 min

Por Eduardo Espeche

Un capítulo poco conocido de la historia de Santiago del Estero son los juicios por hechicería que se llevaron adelante en tiempos de la colonia española, con tormentos horrendos contra indias y negras acusadas de brujería. De los pocos juicios que sobreviven ninguno fue iniciado contra blancos ni criollos, que, no obstante, formaban parte de la clientela de estas curanderas.

 

El fundador del Archivo Histórico de la Provincia, Andrés Figueroa, indagó sobre los procesos que logró recuperar del olvido, donde describe los tormentos utilizados contra estas mujeres por las autoridades seculares, no las religiosas, ya que hasta donde se conoce los juicios no fueron llevados adelante por la Santa Inquisición, que tenía sede en Córdoba para supervisar la región.

 

Uno de esos casos data de 1761 y se trata del juicio contra la india Lorenza y Pancha (sobre quienes la historiadora Judith Farberman escribió “La Salamanca de Lorenza”).

 

Figueroa cuenta que “el indio de Tuama, Joseph Martínez, alcalde de dicho pueblo, por sospechas que tuvo de que una india llamada Lorenza había embrujado a otra india de su servicio llamada María Antonia, estando ésta enferma, cargó con ella y se presentó ante las autoridades de Santiago haciendo la correspondiente denuncia”.

El alcalde contó que su cuñada enfermó “de mal del corazón, y con desvaríos, mirando patente a la referida Lorenza y decía que la barriga le comía mucho”. Por eso es que había intimado por recado a Lorenza a que deshiciera el hechizo contra su protegida y la sanara, “porque de lo contrario la había de coger y la había de quemar”.

 

Luego la siguió hasta la casa del curaca, el jefe del clan, hasta que salió después de un rato, la apresó y la amarró. La llevó a su casa donde la amenazó con matarla si no curaba a su criada, por lo que luego de refregarle “la barriga” la enferma mostró alivio.

 

La noche siguiente, el alcalde le dio “unos golpes con la mano” a Lorenza y la obligó a atender a María Antonia, quien “echó mucha agua y con ella unas arañas coloradas e inmediatamente gritó ‘cojan ese pescado que me ha sacado’”. Martínez dijo que entro a la habitación y mató algunos de esos insectos.

 

Al tercer día, según relató la autoridad de esa reducción, la paciente “vieron que le hizo echar una araña muy grande” que fue a ocultarse debajo del a falda de Lorenza y “un pescado que se lo metió en el pecho”. Aseguró que fueron testigos Joseph Castillo y una mulata llamada María, esclava de Agustina Concha. Pero él reconoció no haber visto esos insólitos seres que salían de la enferma, sino que “se lo contaron las mujeres”.

 

Si bien María Antonia tuvo una mejoría, pronto se agravó su estado y Martínez volvió a amenazar a Lorenza, quien culpó de sus males a otra india: Pancha, del mismo pueblo.

 

Esos incidentes llevaron a que Lorenza y Pancha fuesen arrastradas a la justicia de Santiago del Estero, donde actuaron como testigos Miguel de Paz y Figueroa, Lorenzo de Goncebat y el alcalde primer voto, Agustín de Salvatierra. Como la acusada y varios testigos eran quichuahablantes se utilizó un intérprete.

 

En el juicio, el indio de Tuama Juan Lorenzo Loto contó que cuando asistía a la enferma vio que arrojaba por la boca “un pedacito de damasco, un hueso de cabrito y dos hilitos colorados de lana”, además de “una araña viva colorada” que mató un indio llamado Antonio. Varios testimonios más fueron del mismo tenor.

Las acusadas de brujería negaron los cargos y atribuyeron los males de María Antonia a “haber estado con el mal mensual” (menstruación) y “mojándose los pies” en el río. Atribuyeron las acusaciones de la supuesta embrujada a invenciones.

 

“Se descubre que anduvo el amor de por medio y la venganza que deseaba ejecutar la india María Antonia, por disgustos y peleas que tuvo con Lorenza y Pancha”, cuenta Figueroa. Señala que el defensor y capitán de Forasteros Francisco de Paz esgrimió que “la presunta víctima se fingía enferma” y que mientras menstruaba se mojó los pies para provocar “su sofocación de sangre”, según la creencia.

 

También consideró que acusarla de hechicería eran “sonseras” de “gente inferior” y sin inteligencia, que en realidad “ni dan medidas de sus razones, sino que por sus enemistades, gruñimientos y cuentos (que nunca faltan en esta clase de gentes) tiran a la venganza, que para esto es muy cruel la nación Yndica (sic)”.

 

Pero el alcalde Salvatierra no hizo caso de los argumentos del defensor y sólo aceptó las acusaciones fulminantes del fiscal.

 

Como las reas negaron las acusaciones, el alcalde las mandó a que fueran sometidas a tormentos, como era la usanza judicial de la época. Ordenó que fueran colgadas con los brazos en las espaldas y atadas las muñecas e izadas hasta el techo de sus celdas, con una piedra de dos arrobas atada a sus pies, mientras las interrogaban.

 

El alcalde la conminó a decir la verdad y le advirtió que la justicia no se haría cargo si se le “rompían brazos o piernas” o quedaba “estropeada o moría” durante la sesión.

 

Esa dolorosa tortura dio resultado en Lorenza, quien según la minuciosa acta, reconoció sus crímenes y aceptó haber matado a varias personas con hechicerías y señaló a otros brujos. “Salían a bailar sapos, víboras, arañas y pescados expelidos por diferentes vías por los embrujados”, juró la acusada, “tal vez para salvarse de la tortura”, según infiere Andrés Figueroa.

Con Pancha no tuvieron tanta suerte porque la mujer sometida al mismo tormento se desmayó. La descolgaron y le dieron “una estropeada” (¿golpiza?) pero no reacción y “siguió dormida en el suelo un sueño profundo dando ronquidos”.

 

Pero los verdugos eran implacables y al día siguiente la sometieron a las mismas vejaciones, pero a la primera pregunta se volvió a desmayar. Entonces el alcalde ordenó que se le aplicara otro cruel método: “el sueño español”.

 

Consistía en colgar a la rea y colocar bajo sus pies desnudos un ladrillo helado durante 24 horas y luego otro tanto con uno caliente, sin dejarla dormir en todo ese tiempo. La única consideración que se disponía era arrojarle agua bendita a la boca. Lorenza y Pancha sufrieron ese suplicio, pero no pudieron obtener nada coherente de sus tribulaciones.

 

Pancha declararía después, sin que fuesen precisas más torturas. En esos relatos dirían que podían escapar volando de su prisión, aunque claro, no explicó por qué con esos poderes no huían definitivamente de su cautiverio.

 

Gaspar de Goncebat indicaría que de esos actos fueron testigos los reverendos Manuel Sierra y Fernando Ordoñez, de la Compañía de Jesús y fray Luis de Santa Rosa Leite, sacerdote de la Seráfica Orden y el clérigo Francisco Sayago,  quienes junto a otros sacerdotes instaron a las acusadas a reconocer sus pecados.

 

Como Lorenza mostró mayor entereza la mandaron a sufrir tormentos por tercera vez, con el “sueño español”. El juez dirá que “por no querer declarar le mandé a poner el ladrillo caliente con lo cual quedó dormida y con tanto horror que parecía difunta, solo se puso a hablar entre dientes como si fuese con alguna persona”. Pancha dijo que fingía, pero a Lorenza la tiraron al suelo y siguió con delirios, hasta que finalmente murió.

 

Su cuerpo fue colgado en el rollo (poste de justicia) de la plaza pública “para escarmiento”. El defensor de las indias renunció “en vista de mi suma ignorancia y de los evidentes cargos” y fue reemplazado.

 

Pancha reconoció haber envenado a un sujeto llamado Colla, de cuya muerte se la acusaba, mientras proseguía con una madeja embrollada en la que implicaba a otras personas, hasta que sucumbió por los tormentos. Su cadáver también fue expuesto en público. Los juicios siguieron contra los otros implicados.

EL POTRO DE LOS TORMENTOS

Otro método de tortura utilizado por los españoles es el potro y aparece en otro artículo de Andrés Figueroa, cuando refiere al gobierno de Juan Ramírez de Velasco (1586-1593). De él dice “que persiguió con empeño a los brujos y hechiceros, que hacían su agosto explotando a la sociedad incipiente de la colonia, en la que habían arraigado sus manifestaciones”, sin ocultar su admiración.

 

“Y esa persecución se llevó a cabo en forma enérgica, a tal punto que en poco tiempo hizo enjuiciar numerosos indios brujos y aún algunos españoles que ejercitaban el oficio de tales, los que una vez confesos se les quemaba sin más trámite, pretendiendo, así, extirpar el grave mal que ocasionaban”, justifica.

 

Figueroa indicó que varios gobernadores que lo sucedieron continuaron con esas ejecuciones.

 

En 1715, el alcalde ordinario de Santiago, Francisco de Luna y Cárdenas, debió pronunciarse en el caso de la india Lucrecia, acusada de “hechicería” para matar a varias personas, por pedido del gobernador de Tucumán, Estevan de Urizar de Arespacochaga. Decidió condenarla, pero antes ordenó que fuese sometida al tormento de potro y cordeles para que confesara.

 

A la rea le quitaron los grillos y la colocaron desnuda sobre el potro, apenas cubierta con una toalla en sus partes pudentas: amarrada de las muñecas y tobillos, de donde era estirada con fuerza brutal con rodillos girados por los verdugos. Una y otra vez la torturaron hasta completar cinco vueltas, una por cada miembro, pero ni aun así confesó y literalmente nombró a cuanta virgen recordó.

 

“Como hija de Dios hablo, señor, vos también, ¿no sois mortal? Por qué me haceis maltratar, virgen Santísima, es posible que yo te havia (sic) de ofender con este pecado? No te he ofendido, mi señora, ni a vuestro hijo”, pero nadie oyó sus ruegos.

Cuando se desmayó recién la dejaron en paz. “Parecería mentira que esos hombres, que se llamaban cristianos, rebajaran la condición humana; pero ahí están en los archivos esos documentos que nos han transmitido tales horrores, para vergüenza de la humanidad”.

 

Volvió a su lóbrega celda y para su suerte “el cambio de autoridades que se efectuaba cada año le deparó un nuevo juez, que tuvo a bien no someterla otra vez al potro del tormento, lo que era de práctica hacerlo por segunda, cuando el reo no se declaraba culpable en la primera”.

 

Finalmente fue condenada a confinación de por vida en el Fuerte de Balbuena, quien según Figueroa “tal vez unos celos apasionados indujeron a emplear secretos filtros y yerbas venenosas en perjuicio de rivales de su sexo”.

 

En 1726 murió el gobernador Alonso de Alfaro, quien en su lecho de muerte había nombrado otra india a causa de la fiebre, pero un sumario determinó su buena conducta y no se pudo establecer su culpabilidad. “Felizmente no arrojó sospechas serias de culpabilidad para otra pobre india que vivía en la banda del río”, finalizó Figueroa.

 

Fuente: revista del Archivo Histórico de la Provincia, tomos 4 (1924) y 15 (1928), gentileza de la Biblioteca Pública 9 de Julio.