EditorialLa inflación: el enemigo público número uno desde hace 70 años

Se trata de una enfermedad que carcome el tejido social desde hace 70 años y para combatirla hace falta decisión política y un acuerdo de fuerzas, además de la austeridad.
abril 21, 20229 min

La crisis inflacionaria que atraviesa Argentina se extiende, con matices, desde hace unos 70 años, lo que la convierte en la más extensa y grave de la historia mundial, sin que hasta ahora los diferentes gobiernos hayan atinado a erradicarla como sí ocurrió en el resto de los países. Así lo precisó el economista santiagueño Ramón Frediani en una reciente nota que reprodujo Noti.News.

 

El presidente Alberto Fernández declaró el mes pasado una guerra contra la inflación que hasta ahora puede considerarse galopante, lejos aún de la temida hiperinflación, cuya amenaza se cierne como una espada de Damocles. El propio secretario de Comercio, Roberto Feletti, reconoció poco después que «no podía hacer magia» tras algunas medidas de control de precios y para mantener programas que los congelan, ya que la inflación de marzo fue del 6,7%, uno de los porcentuales mensuales más altos de los últimos 20 años, como había anticipado horas antes el ministro de Economía, Martín Guzman.

 

Esa inflación siempre castiga a los sectores más bajos, los que utilizan la mayor parte de sus ingresos para adquirir alimentos, que siempre son los más inestables en estos períodos por su alta demanda. Otras clases pueden recurrir al ahorro en dólares o en inversiones más estables de sus ingresos excedentes.

 

Los economistas ortodoxos apuntan como principales causas al gasto público y la emisión de dinero, básicamente, mientras que otros abogan por la multicausalidad donde están involucrados empresarios formadores de precios, especuladores de la cadena comercial, los remezones internacionales, entre otras posibles cuestiones.

 

En todo el mundo la inflación comienza a golpear pero como un efecto de la pandemia: en EEUU se encendieron alarmas por un 8% anual, muy lejos del 60-70% estimado para Argentina. Los coletazos internacionales, incluida la guerra en Ucrania, son factores que inciden de forma ínfima en la inflación que arrastra de forma crónica el país. Tal es así que se convirtió en un factor cultural, algo que se naturalizó.

 

Pero en muchas otras nacionales se pudo combatirla con éxito. Desde la Alemania de posguerra hasta EEUU en los 70, lograron domar la inflación con recetas liberales que implicaron desde una nueva moneda hasta el ajuste fiscal y un férreo control a la emisión monetaria. Las consecuencias fueron desempleo y recesión, pero ambas potencias se repusieron tras un período «doloroso» a corto plazo de entre 3 y 4 años.

 

Recetas hay muchas, pero ninguna funcionó hasta ahora en Argentina y las que se proponen rozan el delirio o son fórmulas ya conocidas. Desde dinamitar el Banco Central -como si no fuese apenas un apéndice de las decisiones políticas-, reformas laborales y previsionales, reducción del déficit fiscal con el consiguiente recorte de servicios y despidos masivos, entre otras. También se propone dolarizar la economía, lanzar una nueva moneda que reemplace al devaluado peso, apostar a la productividad, entre otras ideas, que chocan con la desconfianza que puede minarlas.

 

La caída de los commodities agropecuarios -sobre todo la soja- puso fin a un sistema de redistribución y luego se apeló a la carta que se repite de forma crónica, el endeudamiento, con recuperaciones esporádicas de la economía macro que nunca supera sus números precedentes. Por ejemplo, desde fines del año pasado mejoraron las exportaciones, la producción industrial e incluso los niveles de empleo, que no se pueden comparar con los dos años anteriores de pandemia que fueron excepcionalmente catastróficos, y que recién se asemejan a los previos a la crisis del Covid 19.

 

A nuestro alrededor, Bolivia, Uruguay o Paraguay lograron domar la inflación, mientras Argentina registra una crisis cada 10 años y es particularmente sensible a las originadas en todo el mundo, de las que nunca se repone del todo.

 

Es tiempo de que la clase política deje de lado mezquinos intereses partidarios y piense seriamente en cortar el círculo vicioso que amenaza a las actuales y venideras generaciones que con el transcurso del tiempo pierden cada vez más posibilidades de desarrollarse. Frediani propone una especie de Pacto de la Moncloa, en alusión al acuerdo que España aplicó para poder ingresar a la Unión Europea y al primer mundo, con el decisivo respaldo de sus principales fuerzas políticas, que se comprometieron a no boicotear el acuerdo.

 

Es tiempo de apostar a una salida conjunta, porque no se puede seguir pateando hacia adelante una crisis que se asemeja a una bomba con la mecha encendida, que una vez que estalle su onda expansiva alcanzará a todos, aunque sus principales víctimas serán -como siempre- los sectores menos favorecidos.

 

El año próximo el país renovará sus autoridades nacionales y seguramente se oirán todo tipo de propuestas, desde una sangría de la que supuestamente sobrevivirán los más aptos -una especie de darwinismo social- hasta políticas gradualistas que prometerán preservar a las clases más vulnerables. El nivel de descomposición social ya no permite un margen de tolerancia para falsas promesas.