Especiales1806: cuando los invasores ingleses fueron prisioneros de guerra en Santiago del Estero

La vieja ciudad colonial albergó a prisioneros de las fuerzas de ocupación que intentaron conquistar Buenos Aires, pero fueron derrotadas en dos ocasiones. La tercera expedición suspendida. Cómo vivieron en Santiago esos prisioneros.
mayo 18, 202218 min

Por Eduardo Espeche

En Santiago del Estero fueron confinados cien soldados ingleses tras ser derrotados en la Primera Invasión a la ciudad de Buenos Aires, en 1806, tropas que fueron repartidas en varias ciudades del entonces virreinato. Una historia casi olvidada.

 

La primera invasión inglesa de 1806 fue encabezada por William Beresford y Home Popham. Las milicias al mando del francés Santiago de Liniers se reorganizaron tras una derrota inicial y luego sitiaron el fuerte porteño, tras una encarnizada lucha en las calles que los obligó a rendirse. La Reconquista había sido cruenta ya que se peleó en las azoteas y calles, por cuyos desagües corrían ríos de sangre, según las crónicas del episodio.

 

En 1807 volverá a intentar invadir la ciudad John de Whitelocke, pero esta vez la defensa los obliga a rendirse. Lo que no se sabe tanto es que se preparó una tercera expedición inglesa en 1808, al mando del duque de Arthur Whellesley –el duque de Wellington-, quien en 1815 vencería a Napoleón Bonaparte en Waterloo. Pero su flota fue desviado a España para reforzar la guerra contra los franceses, según cuenta Carlos Roberts en su obra «Las invasiones inglesas».

 

Con la revolución de 1810 Gran Bretaña archivó las campañas porque logró su objetivo sin más sangre: abrir el puerto y el corredor comercial hacia el Alto Perú y terminar con el monopolio español. Muchas figuras de la época y algunas logias masónicas fueron intrigantes a favor de los ingleses, para romper con los españoles.

 

Ya había derrotado a España y Francia en la batalla de Trafalgar, para convertirse en la principal potencia marítima, por lo que consideraba al puerto de Buenos Aires un punto estratégico y débil, puesto que España estaba ocupada por la invasión de los franceses. Pero ese objetivo sencillo resultó un mal trago para los británicos, que intentaron en numerosas oportunidades planes para apoderarse de los virreinatos sudamericanos.

SANTIAGO ENVÍA UNA TROPA DE VOLUNTARIOS

La ocupación de Buenos Aires, el 25 de junio de 1806, forzó al virrey Rafael de Sobremonte a huir con el tesoro real hacia Córdoba, a la que designó capital provisoria del virreinato. Desde allí comenzó a organizar la recuperación del puerto y pidió refuerzos a las ciudades.

 

Entre la correspondencia desesperada que se remitió a las provincias, para pedir tropas y caudales para financiar la expedición de Reconquista, el historiador santiagueño Andrés Figueroa cita la recibida en Santiago:

 

“(…) En esta hora tenemos la infausta noticia de que la Plaza de Buenos Ayres Capital de esas provincias se halla atacada por los ingleses que en la misma tarde del 25 citado desembarcaron en considerable cuerpo de Tropa en paraje no muy distante de la misma ciudad y como su Excelencia (Sobremonte) manda entre otras órdenes de seguridad ya tomadas, que los comandantes de armas de Córdova, de Santiago del Estero y del Tucumán se pongan en marcha a la mayor presteza posible y con toda la gente que puedan reunir , siguiendo la ruta hasta la expresada Capital (…)”.

 

La firma Nicolás de Villacorta y Ocaña, teniente tesorero de Santiago del Estero, y está fechada el 11 de julio de 1806, en Salta.

 

Las tropas fueron puestas al mando del comandante Juan José de Iramaín y debían avanzar por Santa Fe hasta el punto de encuentro en Cruz Alta.

 

Iramaín, que era subdelegado de la Real Hacienda y Guerra y comandante de las Armas, escribe el 11 de julio que se aprestaba a marchar desde Manogasta hacia al fuerte de la Reducción de Abipones, para facilitar la salida de 200 milicianos a la orden del virrey, que partieron el día 16. En el camino se detalla la compra de caballada y ganado para la larga travesía hasta la Buenos Aires ocupada.

El funcionario colonial José Antonio López de Velasco le pidió a Iramaín en otra carta del 1 de agosto que recojan “en su marcha muchos caballos que son sumamente necesarios y quantas armas blancas pueda, como cuchillos, dagas, machetes, chuzas para que todos vengan armados”.

 

También le recomendó entusiasmar a la tropa “con lo glorioso de la empresa que se medita con motivo de la ocupación de la ciudad de Buenos Ayres por las Armas Inglesas, que será de eterna memoria”. Por eso se dispuso una paga de 16 pesos mensuales a la soldadesca y del doble para los oficiales.

 

Entre los voluntarios que marcharon se distinguen el sargento Leandro Taboada, padre de Antonio y Manuel Taboada, quienes detentarán el poder tras la muerte de Juan Felipe Ibarra, nombre que también figura y que hace suponer a Figueroa que se trata del futuro gobernador y prócer de la Autonomía. Además, como cabo aparece Pedro Gallo, quien para Figueroa sería más tarde el representante de la provincia en el Congreso de Tucumán, de 1816.

 

En el camino, las tropas voluntarias se enteran que los ingleses fueron derrotados en la Reconquista del 12 de agosto, y, por orden superior, regresan desde Río Seco hacia Santiago. Aunque algunos oficiales siguen camino a Buenos Aires, según anota Figueroa.

LOS PRISIONEROS INGLESES

Liniers se había convertido en el héroe de la Reconquista en Buenos Aires, mientras el fugado Marqués se Sobremonte intentaba recuperar la iniciativa desde San Nicolás de los Arroyos, aunque poco después sería destituido y reemplazado por el francés al servicio de la corona española.

 

Una de las medidas que tomó Sobremonte desde su refugio fue repartir a los prisioneros ingleses tierra adentro, para evitar que se reorganizaran, ya que la escuadra invasora permaneció con un bloqueo sobre el Río de la Plata a la espera de refuerzos para un segundo intento.

 

Unos cien soldados ingleses -prisioneros de guerra- fueron alojados en Santiago del Estero, después de la derrota de Beresford, que comandó la primera invasión a Buenos Aires. Liniers ordenó la distribución de 1200 británicos en las provincias el 2 de septiembre de 1806, por el temor a una nueva oleada.

 

“Ha sido sumamente indispensable por causas imperiosas la resolución de internar la Guarnición Inglesa prisionera de Buenos Ayres, destinando 400 a Mendoza y San Juan, por mitad igual número a Córdova, 100 a San Luis y Frontera de Córdova, 200 a San Miguel de Tucumán y 100 a Santiago del Estero”, se lee en una misiva que transcribe la orden de Sobremonte.

 

Para esa operación se pide a Iramaín que busque a sus prisioneros en Arroyo del Medio, donde se los entregaría el ayudante mayor Juan Ramón Balcarcel. También se dispone que sean preparadas las casas que sean necesarias y una guardia de 60 o 70 hombres para custodiar a los invasores, con gastos que correrían a cuenta de la Real Hacienda.

 

Los cautivos fueron arreados a pie desde el puerto y sólo formaban parte de la tropa, ya que los oficiales fueron retenidos en Buenos Aires. Ya en esta ciudad se les entregaron elementos de rancho y unas cuantas hachas para cortar leña, bajo estricta vigilancia.

 

«Como les habían sido quitados los uniformes para vestir a los Migueletes, Cazadores de caballería y Morenos de infantería, la tropa iba con trajes de civiles, evidentemente muy escasos, pues el gobernador de Santiago del Estero informó que llegaron casi desnudos«, sostiene Roberts en su exhaustiva investigación.

 

La soldadesca apenas estaba vestida con jirones, ya que la audiencia de Salta se reunió para consultar al virrey “si deben suministrar a los prisioneros ingleses en la absoluta desnudez en que se hallan, las prendas de vestir y ropa de cama que dice el ministro de subalterno de la Real Hazienda de Santiago”.

Al parecer, el funcionario colonial de Santiago había recurrido a la gobernación de Salta molesto por los gastos que debía afrontar por el estado deplorable de los prisioneros, por lo que advirtió que para vestirlos usaría los fondos de “real y medio diario” que se les otorgaba como socorro.

 

También se dispuso que aquellos británicos que tuvieran oficios podrían realizarlos durante su estancia y los demás ponerse a disposición de patrones de confianza para realizar las faenas asignadas. Una película argentina que narra el episodio histórico, pero en Mendoza, es «El prisionero irlandés» (2015), dirigida por Carlos Jaureguialzo y Marcela Silva y Nasute.

 

El virrey también ordenó que se les proporcionara raciones diarias y fueran atendidos por el facultativo de la zona en caso de enfermar, según correspondencia enviada a Santiago por Villacorta y Ocaña, desde Salta.

 

La manutención de los cautivos originó malestar en las ciudades que los albergaban y que de por sí padecían la estrechez de sus arcas, por lo que intervino el regente superintendente de Hacienda para exigir que se justificaran los gastos y exhortar a las tesorerías de cada jurisdicción a pagar, hasta que la Corte de Londres retribuyera las erogaciones.

 

Los británicos estuvieron recluidos unos 10 meses y algunos, acompañados por mujeres e hijos, incluso se rehusaron a volver a Inglaterra tras la derrota de Whitelocke, en 1807, agregó el historiador Roberts. Como muchos de ellos eran irlandeses, escoceses o nacidos en las numerosas colonias y, por ende, ciudadanos de segunda, es probable que no les haya atraído volver a ser carne de cañón en las aventuras del imperio de ultramar. Sólo unos pocos se fugaron y lograron llegar hasta la Banda Oriental -donde repostaba la flota británica a la espera de refuerzos-, para volver a servir a la Corona Británica.

 

Fuentes:

-Roberts, Carlos: “Las invasiones inglesas” (1938), Emecé (reedición 2006).

-Revista del Archivo Histórico de Santiago del Estero, dirigida por Andrés Figueroa, número 7 (1926), gentileza de la biblioteca pública 9 de Julio.