EspecialesCanelo y el esperado regreso de Rocky Keegan: “fue un personaje que se ganó el cariño de la gente”

El dibujante habló sobre la reedición de uno de sus personajes más queridos: un boxeador neoyorquino que pelea contra los avatares de la vida y la ominosa mafia del deporte. Una excusa perfecta para abordar sus inicios y la mítica historieta.
junio 4, 202233 min

Por Eduardo Espeche

Gerardo Canelo es uno de los grandes exponentes de la llamada “escuela argentina” de historieta, que situó a artistas locales entre los mejores del mundo y la hizo demandada en muchos países. Hace pocos días, una de las creaciones que más lo enorgullece volvió a reeditarse: Rocky Keegan.

 

“Yo lo hacía con mucho cariño. Ya estaba trabajando con historietas hace bastante tiempo, pero con los primeros personajes de historieta a color que creé junto con Ray Collins -que es un gran guionista-, Rocky y Alan Braddock, yo aprendí a manejar lo mejor posible el lenguaje de la historieta”, rememora.

 

Canelo estudió Ciencias Económicas y comenzó a trabajó en varias empresas, hasta que logró vivir exclusivamente de lo que ama: la historieta. Comenzó a publicar de forma profesional en 1970, en la revista Fantasía de Editorial Columba. Para esta editorial realizó Alan Bradock, Rocky Keegan, Carbajo, Ganzúa y Cía, Port Douglas y Matador.

 

También publicó series en Skorpio e historietas en diversas revistas nacionales. Además dibujó a Dago, de Robin Wood, para Italia y otras historietas que se publicaron en diversos países.

En 2018 captó la atención nacional cuando de forma casual se encontraron restos de una revista de Columba en una trinchera que ocuparon soldados argentinos en las Islas Malvinas: se trataba de la adaptación de la película Estación Polar Zero, uno de los primeros trabajos de Canelo.

 

Canelo vive en la actualidad con su esposa en José Mármol, a 20 kilómetros al Sur de Capital Federal, pero confiesa que “su corazón está en el Norte”, porque es hijo de tucumanos.

 

LA VUELTA DE ROCKY

Uno de los momentos más esperados del año por los fanáticos de la historieta llegó hace pocos días, con la salida a la venta de una reedición en formato libro de los primeros capítulos de Rocky Keegan, a cargo de Duma Editores.

 

“Es un momento de ediciones nostalgiosas, de personajes que creo hace 40 años fueron editados. Se desparramaron mucho en el país las ediciones de historietas y, en este caso las de Columba, rondaban entre 180 y 200 ejemplares que se distribuían en Argentina y algunos países de Latinoamérica, recuerda con orgullo el dibujante.

 

“Y creo que esa historieta, Rocky Keegan –añade-, dejó un buen recuerdo en bastante gente. De Santiago creo que no recibí ninguna carta, pero sí de Tucumán, de Santa Fe, de provincia de Buenos Aires, del exterior también algunos lectores me mandaban algunas líneas donde decían que les había interesado mucho el personaje. Porque al margen del boxeo, que era una parte de la historieta, estaban las relaciones con su mamá, con sus amigos, con un chiquito que no aparece en este libro pero más adelante hace una pareja de compañeros de aventuras. Fue muy querido ese personaje”.

 

El personaje se publicó en la revista Nippur Magnum, de Columba, y se extendió durante 15 años entre los años 80 y 90 que lo hicimos. Rocky Keegan reaparece ahora en un tamaño en forma de libro, con unas 130 páginas con las historietas de los primeros 12 capítulos, en blanco y negro, por los costos inaccesibles del todo color.

 

Por esa conexión con nuevos lectores, Canelo invitó a su nieto de 14 años –gran lector de historietas- a escribir el prólogo, después de haber devorado la saga completa hace dos años. “De puro sencillo o porque no se anima, no lo quiso hacer. Pero sí la sintió y le dejó un buen recuerdo, tal como yo dirigía la historieta hacia gente joven, de entre 10 y 20 años, más o menos y realmente en ellos era donde pegaba bien. Es un entretenimiento bastante agradable”, expresó, satisfecho.

Un «lector juvenil» de Rocky Keegan, al decir de Canelo.

LA CONSTRUCCIÓN DEL PERSONAJE

Canelo negó que Rocky Keegan, que comenzó a publicarse en 1979, estuviera inspirado en la película Rocky Balboa, de Silvester Stallone, que se había estrenado tres años antes. La personalidad del personaje y la trama de Ray Collins así lo demuestran.

 

-¿Rocky Keegan estuvo inspirado en el Rocky Balboa del cine?

-No, no, en absoluto. No había tanto acceso en ese tiempo al cine o la televisión para ver a Rocky. Pero aquí en el país ya había boxeadores a los que les llamaban Rocky, uno de ellos era (Horacio) Accavallo, a quien llamaba “Kid Roquiño”, también en (Oscar “Ringo”) Bonavena daba vuelta alrededor el sobrenombre Rocky, antes que saliera la película de Rocky Balboa. El tema es que no tiene nada que ver con la película.

 

Se trata de una confusión al nacer. El personaje es hijo del dueño de una editorial de diarios importante. Cuando el matrimonio tiene un hijo, como este hombre desde su diario va en contra del manejo sucio del boxeo, le roban el hijo, que sería Rocky Keegan. Y él lo reemplaza con otro niño recién nacido, porque su esposa no estaba bien de salud, y de ahí vienen los desencuentros de Rocky con el padre, y es criado por una señora que es Mamá Letizia. O sea que no tiene nada que ver con la historia de Rocky Balboa del cine, es una casualidad.

 

Otra cosa para sentirme orgulloso es que la Editorial Columba no publicaba hacía años -o no recuerdo si alguna vez publicó- historietas de deportes. En la historieta argentina hubo varios personajes boxeadores, dos o tres que yo me acuerde.

 

Rocky Keegan entró despacito y se hizo medianamente importante en la revista Nippur Magnum, que tenía 8 o 10 personajes, y se ganó el cariño de la gente porque es cariñoso, agradable, en la historieta aparecen conflictos con chicas muy lindas, etcétera.

 

-Además es un personaje que va a enfrentarse con las mafias, ya de adulto.

-Claro. Lo que estamos haciendo ahora es reeditar el Rocky aquel que en los años 90 cerró con las revistas de Editorial Columba, es la revisión de los 12 primeros capítulos donde aparece todo eso. Yo lo leí en la tarea de limpiar el color con la computadora, para que pudiera aparecer en blanco y negro, y para mi gusto salió muy lindo, aunque costó bastante trabajo.

 

No continúan las aventuras de Rocky, sino que es una recopilación, porque no hay manera de editar historietas dado que parece que no hay demasiado interés en revistas nuevas, aunque cada tanto aparece alguna, pero son muy efímeras. Cambió mucho el gusto de la gente, de los chicos, se impuso el manga japonés o los superhéroes de EEUU.       

 

Y aparece este Rocky quizás para el recuerdo de quienes en aquel momento la leían, que eran chicos o jóvenes, y quizás a algún lector nuevo le puede agradar porque es un entretenimiento con poco conflicto personal, poco torturado, es una historieta limpia, no sé si llamarla blanca.

Una página de Rocky Keegan publicada por Columba.

-Se notaba el gusto que ponía al dibujarlo, muy suelto, con mucha agilidad. El color también ayudaba bastante aunque no era una característica de Columba, pero en el caso de Rocky estaba muy cuidado, así que era un placer leerla.

-Con Rocky fui tratando de aprender, no sé si llamarle secretos, pero sí cómo hacer para que el personaje tenga la forma de una persona a quien el lector comprenda bien y le tome cariño, que tenga calidez, que tenga que ver con el lector. No es que tiene esa cara él, la mamá, o actúa porque sí: tiene personalidad. Y eso se ve con el avance de los capítulos, que espero se sigan reeditando si es que la gente pone atención en este libro que ya da vueltas por las comiquerías –no se vende en quioscos- de esta historieta que yo considero bien hecha, hecha con cariño.

 

LOS AÑOS DORADOS DE LA HISTORIETA ARGENTINA

La Argentina fue uno de los países con mayor producción y consumo de historietas, que tuvieron su apogeo, con altas y bajas, pero con un predominio de material extranjero que llegaba por agencias, hasta que comenzó a producirse a nivel local. Finalmente, el mercado quedó concentrado en Columba, seguida a distancia por Récords, y fuera de eso una pléyade de otras mucho más pequeñas.

 

-Hablamos de la época dorada de la historieta argentina, de la cual es uno de los más destacados exponentes, y trabajó con lo más granado de aquel momento, en esa Columba mítica, recién mencionaba a Ray Collins (Eugenio Zapiettro) y Robin Wood, por nombrar algunos de tantos guionistas y dibujantes.

 

-Es cierto, fue un momento muy bueno de la historieta que editaba Columba, que se vendía en enorme cantidad de ejemplares y si uno saca la cuenta de casi 200 mil ejemplares de cada revista que salía, y tenía cinco (D’Artagnan, Fantasía, El Tony, Intervalo). Por ejemplo, Nippur Magnum, vendía 200 mil ejemplares a los que por lo general leían varios de la familia, entonces llegaba a una gran cantidad de gente desparramada por todo el país. Era como un millón de personas que leía cada ejemplar.

 

Hoy ese tema de la historieta se fue perdiendo y editar un libro que se distribuya y tenga ese alcance es casi imposible. Pero tiene actualidad, yo releí a Rocky y estos 12 capítulos forman casi una unidad. Recuerdo que en aquel momento Ray Collins se manejaba con una gran cantidad de personajes, desde cow boys, boxeadores, jugadores de fútbol, espías, aventuras de guerra. En aquel momento era una relación muy importante que teníamos los que hacíamos historietas con los lectores, creo que dejamos algún recuerdo, y esperamos que hoy tenga alguna actualidad. Yo creo que sí.

 

-¿Cómo era el trabajo en Columba? Por ejemplo, Robin Wood contaba que enviaba los guiones desde los lugares más exóticos del mundo.

-Es cierto, trabajé con Robin Wood los personajes de unos 25 capítulos de una historieta que se llama Port Douglas, también bastante aceptable por su calidad. Él nació en Paraguay, se vino a radicar a Buenos Aires cuando tendría unos veinte años y aquí conoció a Lucho Olivera, otro enorme compañero, gran dibujante. Los dos excelentes personas y grandes creadores de historieta, yo diría de tipo mundial, que ya no están con nosotros. Y Wood apenas empezó a trabajar fue una especie de sorpresa para la editorial y se dio el gusto de viajar por buena parte del mundo y desde donde estaba mandaba los guiones, en un momento en el que no existía Internet. Era todo por correo postal.

Ray Collins trabajaba acá y hasta hace poco fue director del museo Policial de Buenos Aires; tiene una cantidad de documentación enorme.

 

-¿Con qué otros dibujantes compartió en esa memorable redacción de Columna?

Yo trabajé siempre en mi casa, nunca en una redacción. Me metí a trabajar solamente en historieta después de ser empleado de dos o tres empresas comerciales. Y aquí trabajé con Columba y Skorpio (Editorial Récords), que luego eran republicadas en Italia, y para varias partes del mundo también. Algunas historietas –no muchas- para EE.UU., Reino Unido, España, Francia, Alemania, y unas pocas en la República de Cuba, cuando Columba estaba por cerrar.

 

Para Italia trabajé con guiones de Robin Wood un personaje que tiene bastante peso, que es Dago, que transcurren allá por el Norte de África y buena parte de Europa en el Siglo XVI. Es muy interesante porque se le venden a Europa historietas que se hacen aquí en Argentina y que tienen que ver con la historia europea. Es llamativa la posibilidad de trabajar para países interesados en que les contemos la historia de ellos.

 

Una página de Dago, dibujada por Canelo para Italia.

LA MÍTICA ESCUELA PANAMERICANA DE ARTE

Canelo estudió en la legendaria Escuela Panamericana de Arte (EPA) – creada por Enrique Lipzyc y un grupo de grandes artistas-, como muchos de esos grandes artistas de la historieta. Pero al esfuerzo y el talento había que sumarle un camino -muchas veces largo- hasta lograr el reconocimiento de las editoriales.

 

-¿Cómo llega a la historieta profesional, porque era muy difícil en esos años acceder a editoriales grandes?

-La historieta ahora está en un bajón y muchos dibujantes trabajan para el exterior, ayudados por Internet, que permite hacerlo para cualquier parte del mundo: se envía un dibujo de acá que se termina y puede ser publicado en dos o tres días en Italia, India, en cualquier país del mundo.

 

Pero antes, aquí en Argentina había dos o tres editoriales de historietas –aunque hubo unas cuantas más en su momento- y uno tenía que acercarse a la redacción, ver cuándo lo atendían, llevar muestras. Habíamos formado un pequeño grupo de alumnos de la Escuela Panamericana de Arte, donde aprendimos una buena cantidad de dibujantes.

 

La EPA forma parte también de la historia de la historieta argentina, porque allí se preparó una gran cantidad de profesionales y uno iba a la editorial con muestras y cuando algún director de arte o ellos abrían una revista nueva, permitían que comenzáramos a publicar. Y así es como uno entraba: era difícil porque ya era un mercado que tenía un grupo de dibujantes profesionales y entrar para uno nuevo era difícil, pero existía la posibilidad.

 

En aquel momento Columba publicaba una gran cantidad de material extranjero y lentamente vieron que los dibujantes y guionistas argentinos podían ocupar ese lugar y creo que en los últimos tiempos, calculo que el 80% del material era hecho en Argentina.   

 

-La Escuela Panamericana de Arte tuvo grandes maestros. ¿A cuáles recuerda?

-Es cierto, la Escuela Panamericana nace como la Escuela Norteamericana de Arte, donde se manejaban las lecciones que hacía Alex Raymond (dibujante de Flash Gordon, Tarzán, Rip Kirby) y aquí las usaban grandes maestros de aquel entonces de altísimo nivel: (Joaquín) Albistur, (Alberto) Breccia, Carlos Flexias –un dibujante muy bueno que había nacido en España-, Hugo Pratt, varios dibujantes que formaron parte de esa escuela que pasó a convertirse en EPA, prácticamente con todo el material argentino.

Alberto Breccia, en plena clase en la Escuela Panamericana de Arte.

Y allí fue donde entramos un grupo de compañeros, entre ellos Lucho Olivera (el primer Nippur, Gilgamesh), Lito Fernández (Dennis Martin, A través de Oceanía), la mayoría de esa camada que habíamos nacido entre los 40 y 50 fuimos aprendiendo a hacer historieta y relacionarnos con los maestros que admirábamos. Ellos habían sido los que habían editado desde Patoruzito, El Gorrión, Misterix, Rayo Rojo, las revistas de Hora Cero que causaron también sensación y donde el que manejaba todo era el compañero desaparecido Héctor Germán Oesterheld, que publicó allí el Sargento Kirk y El Eternauta, una historieta que quedó como una de las top de Argentina.

 

En el caso mío comencé a estudiar también con el maestro (Ángel) Borisoff, en la zona cercana a Constitución y al año siguiente pasé a la calle Venezuela, en la zona Sur, con otro maestro, Daniel Haupt. Luego la historieta se vendía muy poco y se cerró la posibilidad de trabajar prácticamente; había revistas, pero muy pocas, salvo Columba que seguía sacando y nos fue asimilando de a poco como colaboradores.

 

En esa Escuela Panamericana estábamos en la misma aula Luis García Durán, Lucho Olivera y otros muchachos que por ahí fueron trabajando cada vez menos en la historieta y dedicándose a elaborar para otras partes del mundo ilustraciones para libros y notas en revistas. Y cuando esta escuela comenzó a perder alumnos y decayó, nos juntamos y pusimos un pequeño taller en la zona de Palermo.

 

En ese lugar muy chiquitito íbamos a dibujar para luego ir a la editorial Dante Quinterno y otras: mientras uno mostraba lo que podía hacer, los demás esperábamos en un bar y venía con novedades de si había trabajo, que le habían dicho que practicara perspectiva, limpieza de la línea, etcétera. Entonces, el panorama de lo que aspirábamos era de gente no de alto nivel artístico, sino barriales. Nos movíamos en los barrios, no en los grandes salones de exposición.     

 

Para cerrar la charla, Canelo retoma la reedición de Rocky Keegan: “Lo que espero es si el lector tiene todavía interés en que estas historietas se vendan, para poder continuar con otros libros. Así como hablé de números muy altos, calculo –aunque no soy editor- que una buena venta de este libro será de mil o dos mil ejemplares, lo que podría indicar que se abran otras historietas, no sólo para mí, sino para los veteranos y los muchachos nuevos a los que les gusta hacer historieta”. Una esperanza de nuevas reediciones que también comparten los lectores nostálgicos y los nuevos, ávidos por revivir o de experimentar por primera vez “el mundo de la gran aventura”.