EspecialesCaso Ferrari: un militar descuartizado, un violín Stradivarius desaparecido y un crimen impune

Hace 20 años se encontró un cuerpo descuartizado en el río Dulce, que fue identificado como Luis Ferrari, un militar retirado que fue asesinado. Diez años después fue absuelto el único sospechoso, su propio hermano, y la causa se mantiene impune.
agosto 15, 202244 min

Por Eduardo Espeche

En diciembre de 2002 un cuerpo descuartizado fue hallado en el río Dulce, cerca del paraje conocido como “La Dormida”, en el departamento Loreto. Era apenas un torso, cuyas extremidades fueron arrastradas por las aguas y nunca se encontraron.

 

La investigación judicial estableció que se trataba del militar retirado Luis Oscar Ferrari, quien fue asesinado de acuerdo a la autopsia. La víctima vivía en una caseta cerca del río y se dedicaba a la pesca y se sospechó que pudo haber sido ultimado mientras dormía y su cuerpo desmembrado.

 

Ferrari desapareció el 30 de noviembre de 2022 y su cuerpo desnudo fue descubierto el 4 de diciembre, a la altura de Pascualpa (San Martín), semicubierto por basura que arrastraba el río. Al cuerpo le habían seccionado “con cortes perfectamente regulares” la cabeza (tenía un perno de oro en su dentadura) y los brazos, que nunca fueron hallados, por lo que para constatar su identidad se debió recurrir al ADN. También le habían extraído los órganos y los testículos, en los que tenía un defecto de nacimiento.

 

Se descartó que el descuartizamiento fuese obra de alimañas o peces, por lo que no había dudas de que se trataba de un crimen con una ferocidad pocas veces vista. Esto llevó a considerar que lo descuartizaron para evitar su reconocimiento y la forma en que fue asesinado.

 

El móvil habría sido el robo de un violín Stradivarius, de valor incalculable por su marca, edición limitada y calidad, que era herencia familiar y que estaba valuado en unos 700 mil dólares. «Sabemos que el instrumento es original porque se le hizo una prueba de carbono 14 (un procedimiento que mide la «edad» de los materiales)», dijo al diario Clarín el juez Gustavo Herrera, a cargo de la investigación del caso.

 

Otra hipótesis fue una supuesta infidelidad del militar con la mujer de su hermano, o una deuda. Su propio hermano, Enrique Arold Ferrari, también militar, fue llevado a juicio por el homicidio, pero resultó absuelto por el beneficio de la duda y el crimen sigue impune.

 

El Stradivarius, que tendría una antigüedad de 4 siglos, luego desapareció de una caja de seguridad durante el traslado de la Jefatura de Policía.

UNA VIDA LEJOS DE LA CIVILIZACIÓN

Luis Ferrari vivía retirado del mundanal ruido en una precaria casilla cerca del puente de La Dormida, uno de los sitios preferidos de los pescadores por su buen pique y la presencia de cardúmenes de dorados. Se dedicaba a la pesca y la caza. Allí lo acompañaba Martín Guines, un vagabundo que encontró cuando pescaba en Santiago, que vivía debajo del puente Carretero, con apenas un colchón y dos frazadas.

 

Su hermano Enrique lo visitaba con frecuencia y pasaba varios días “para desestresarse”, absorto en las faenas de supervivencia. Pero en el juicio reveló que su hermano mantenía negocios turbios en Tucumán y Santiago: “se dedicaba a la venta de drogas, armas, traía mujeres también de otro lado, no sé si para hacerlas trabajar en la calle o las entregaba a cabarets”.

 

Acotó que “en los últimos tiempos estaba como protector de un cabaret de las Termas, a la izquierda del acceso (…). No conozco el local pero sí a las dueñas, sé que son de Tucumán, madre e hija”.

 

También indicó que escuchó conversaciones telefónicas de su hermano que ofrecía el local por 40 mil pesos, entre otros a Rubén Negro” Iturre, quien regenteaba otro prostíbulo de La Banda. En la víspera del crimen recordó que Ricardo recibió una llamada que estimó era de Iturre porque le reprochó “Negro, vos me quisiste cagar (…). Porque vos le dijiste 20 mil a la vieja y yo te dije 40 mil”. Y agregó que su interlocutor le reclamó una deuda del año 1988, porque su hermano contestó “que se la iba a pagar más adelante”.

 

Esa noche unos pescadores cordobeses montaron un campamento frente a la casilla y los invitaron a comer asado a través de Guines, quien convenció a Luis. Enrique dijo que se tomó un tranquilizante y se acostó a dormir, mientras la música atronaba afuera. Cerca de la medianoche se levantó a orinar y no vio a nadie ya, pero en la oscuridad escuchó a su hermano reír.

 

Al día siguiente lo despertaron unos pescadores que le pidieron elementos para tomar mate cocido y advirtió que la cama de su hermano estaba ordenada, al igual que sus cosas, pero no lo vio por ninguna parte. Guines le dijo que había acompañado a los cordobeses a cazar y su hermano quedó sentado en una silla, solo, pero cuando volvió de madrugada ya no estaba.

Enrique Ferrari (foto Francisco Gallo).

Enrique Ferrari supuso que había salido de improviso por sus asuntos y se marchó en su camioneta porque debía llevar a un adolescente y hacer una cobranza en Fernández, donde tiene residencia. Contó al tribunal que a veces peleaba con Luis y no se hablaban por meses, pero luego se amigaban.

 

Reconoció que esa tarde anterior a la desaparición tuvieron un entredicho porque su hermano les dijo que los correría esa noche porque tenía una cita con una mujer, pero Enrique se negó a marcharse. Y Luis explotó y le recordó una deuda, según él de 50 dólares, no de 400, como decía la acusación. Y relató más pormenores de la vida oculta de su hermano.

 

“En el año 1988, aproximadamente, él estaba en actividad y trabajaba reparando las unidades militares, iba con los camiones a los talleres, reparaba y volvía. De paso se cruzaba a Bolivia a comprar droga y regresaba. El ‘Negro’ Iturre le había dado 800 dólares para que le comprara droga, no sé cuánta cantidad porque desconozco su precio. Cocaína. Cuando regresa mi hermano le dice que no había conseguido y me da a mí los 800 dólares para que se los guarde”, contó.

 

Y dijo que de esa suma le presó 50 dólares a un amigo para que comprara una motocicleta y que a Iturre le devolvió 750 dólares y luego los restantes 50, una semana después. Por lo que negó deberle dinero alguno.

 

Por otro lado, contó que en una oportunidad se había tiroteado con unos sujetos que pasaban despacio frente a la casa de su hija y los persiguió en su Jeep. También afirmó que estuvo detenido en el penal de Villa Urquiza porque le encontraron medio kilo de cocaína debajo de la cama en la que dormía. Y que también fue alojado en la Jefatura de Policía santiagueña por el robo a una armería.

 

“Por su profesión de mecánico armero, él les reparaba armas a los Ale y a los Gardelitos y los proveía también de armas en desuso, pero bien reparadas, del depósito del Ejército”, afirmó. Y sostuvo que “hacía sus negociados en la estación de trenes de Retiro.

 

En otro tramo admitió una mala relación con su madre, Eladia Cruz de Ferrari, sobre todo a partir de su relación con su esposa, con la cual tuvo una hija. Y que luego de la muerte de Luis comenzó supuestamente a hostigarlo a él, a Guines y otros familiares para que declararan en su contra. “Yo le decía que realmente no sabía, aún hoy no sé quién lo mató”, sostuvo.

 

Y culpó a la agudeza de los periodistas para sonsacarle el posible móvil a su madre, al indicar que primero sugirieron que podría haber sido por el violín Stradivarius y otro más Ati, que una anciana vecina le había regalado a Eladia por haberla ayudado cuando se encontraba enferma, a fines de los años 60.

 

Dijo que su padre lo reparó de forma tosca y lo tocaba de vez en cuando, aunque sólo se había aprendido una canción. “En la casa de mi madre estuvo aproximadamente 25 años sobre el ropero, dentro de una bolsa de (pastas) Tío Nico, atado con hilo, y nadie le daba bolilla. En la casa de mi hermana estuvo otros 7 años envuelto en una sábana”. Luis se encargó de recuperarlo de unos familiares en Buenos Aires e inició averiguaciones para saber su valor.

 

Cuando un ingeniero agrimensor de apellido Zamora fue a realizar una medición para unas tierras, su hermana le pidió que la contactara con alguien que pudiera estudiar el violín. El profesional se comunicó con expertos de la universidad de La Plata, a donde enviaron una pieza de las clavijas y corroboraron que se trataba de una pieza antigua, por la prueba de carbono 14.

 

Pero el acusado resalto que esa hipótesis del asesinato para sustraerle el violín se cayó cuando el instrumento fue encontrado en la casa de un amigo de su hermano en Tucumán, de apellido Albo, cuando Gendarmería Nacional lo secuestró para la causa.

 

También negó que el móvil fueran celos por una infidelidad con su exmujer, porque afirmó que entre su familia “nadie la quería”. Lo mismo hizo con la hipótesis del dinero, porque sostuvo que su hermano visitaba a sus familiares para que le pagaran el boleto a Tucumán, pese a los negocios turbios que le atribuyó.

Fiscal Olga Gay de Castellanos.

LA FISCAL DESISTE DE ACUSAR

La entonces fiscal de cámara, Olga Gay de Castellanos, se abstuvo de acusar a Enrique Ferrari por la muerte de su hermano Luis, en un memorable alegato donde cuestionó sin piedad las deficiencias de la instrucción. Y dijo que la hipótesis seguida por el policía Luis Bravo era endeble y que él mismo admitió que estaba sustentada en conjeturas que en gran parte provenían de la madre de la víctima, Eladia Cruz.

 

Es excepcional que suceda, pero la fiscal consideró que las pruebas que tenía en sus manos eran hojarasca. En su alegato demolió la acusación y cuestionó con severidad la deficiente instrucción del exjuez Gustavo Herrera y otros magistrados.

 

“Una investigación casi nula en los inicios de la causa y manejada casi en forma exclusiva por la policía, con muy poca intervención del juez, centrando toda la investigación en torno del imputado” a partir del indicio de la mala relación entre hermanos”, expresó la fiscal.

 

“Y claro, el juez de grado con los elementos mínimos que le permiten sostener la sospecha eleva la causa a juicio y allá, que se arregle el tribunal. Es lo que ocurre y ha ocurrido con muchos procesos con una instrucción deficitaria, muy reconocida también en este caso”, disparó.

 

Y cuestionó que la acusación se fundara en que el acusado había estado esa noche con la víctima: “como era militar y había estado en la guerra (de Malvinas) y contra la guerrilla, como le gustaba cazar y podía carnear animales, fue él quien había seccionado el cuerpo”. A eso se sumó el indicio de personalidad de la psicóloga Almonacid, que arrojó su potencial agresivo y el secuestro de armas en su casa. Pero Gay reconoció que la investigación no encontró pruebas sólidas.

 

El policía Bravo dedujo que Ferrari pudo ser asesinado mientras dormía, con un disparo silenciado con una almohada, porque con su formación militar sería difícil sorprenderlo despierto. Pero en la casilla no se encontró ninguna evidencia y el colchón se perdió, aunque se preservaron muestras con sangre pero que no correspondían a la víctima.

 

“Resulta improbable que una persona pueda matar a otra y no quede una sola huella ni siquiera de haberse limpiado”, espetó. Además, recordó que esa noche acampaban numerosos pescadores alrededor y nadie pareció advertir nada.

 

También se especuló con que lo habrían descuartizado en una mesada que usaban para trozar las presas que cazaban o pescaban, para luego arrojar el cuerpo al río, pero tampoco se halló evidencia biológica, tampoco en pedazos de concreto extraídos de la casilla.

 

Gay también señalo que Enrique Ferrari dejó sin llave la casilla que era frecuentada por mucha gente cuando se marchó al día siguiente, algo inusual para quien tratara de ocultar un homicidio y que fue detenido unos días después, el 11 de diciembre, y no presentaba lesión alguna de lucha. Según la madre de la víctima, había sangre que “chorreaba” por el piso y signos de arrastre, cosa que no se pudo corroborar: “no había huellas”, sostuvo Gay.

 

La fiscal cuestionó que no se hubiesen investigado otras hipótesis, como una pareja de su hermana con la cual Ferrari había discutido una vez, ni tampoco “que pudiera ser un ajuste de cuentas, más aún cuando la policía sabía que este hombre estaba en el negocio de la droga”, por el cual fue condenado a 4 años de prisión en 1994. También lamentó que no se investigara quiénes eran los cordobeses que acamparon esa noche.

 

También se refirió a Guines, quien fue detenido y considerado cómplice del crimen porque había lavado unas sábanas: “cuando estaba lavando las sábanas se da cuenta que tenían sangre y comunicó a la madre (de Ferrari), a tal punto que la cámara le dicta falta de mérito y finalmente lo sobreseyeron”. Aunque esas sábanas no fueron peritadas, la fiscal consideró que el resultado hubiera sido el mismo que el colchón: negativo.

 

Tampoco encontró explicación a que el cuerpo fue encontrado lejos, a unos 6 o 7 kilómetros de su precaria vivienda, porque la corriente no era tan fuerte, a menos que la escena del crimen hubiera sido otra.

 

La fiscal lamentó que no haya sido posible ubicar a Guines para que declarara en el juicio -por el que pasaron más de 50 testigos- porque no regresó más a La Dormida. Recordó que el ayudante de Ferrari tenía retraso madurativo y que había dicho que cuando volvió de cazar esa madrugada con los cordobeses vio que la puerta de la casilla estaba entreabierta, con luz tenue, por lo que supuso que los hermanos dormían, aunque nunca los vio porque se fue a descansar a un vecino, como cada vez que llegaba Enrique.

 

Un testimonio llamativo que destacó fue el de la vecina Genoveva Ledesma, quien a la mañana de 30 vio una persona “que se perdió en los matorrales y que para ella era Luis porque estaba con la ropa con la que salía a pescar”, aunque dudó porque no la saludó como siempre. Aunque admitió como posibilidad que pudiera haberlo confundido con su hermano Enrique, Gay no descartó que pudiera ser Luis porque, según la testigo, viajó en una combi antes que el horario en que el acusado dijo haber salido. “Entonces, más se queda la duda de si esa persona que se fue no era Luis Ferrari”, opinó.

El violín Stradivarius secuestrado en la causa, pero que luego desapareció durante el traslado de Jefatura de Policía.

La fiscal también cuestionó “los testimonios tomados bajo presión en el departamento D6” y celebró que “después de la intervención federal se ha desterrado esto de las indagatorias policiales”.

 

No ahorró reproches hacia la madre de los hermanos Ferrari, porque dijo que su testimonio fue “sobredimensionado” por el juez instructor porque las supuestas amenazas de muerte de Enrique a Luis no fueron probadas y que durante la investigación siempre apuntó al primero. Añadió que cuando declaró en el juicio su testimonio fue “divagante” y que si en sus peleas se amenazaban con armas, era parte de su costumbre como exmilitares.

 

Pero un detalle inquietante fue el análisis de las llamadas del celular de Luis Ferrari, que nunca pudo ser hallado. Ese teléfono siguió funcionando y recibió llamadas por algunos segundos después de su desaparición e incluso del hallazgo del cuerpo. Gay destacó que eso ocurrió incluso después de la detención de Enrique Ferrari, por lo que evidentemente él no lo tenía.

 

“Este celular ha seguido funcionando, pero no atendían a cualquier número”, indicó. Lo más extraño fueron las llamadas realizadas desde la Secretaría General de la Gobernación, desde donde llamaron al celular de la víctima e incluso “con teléfonos involucrados en causas por drogas y de una 4×4”.

 

Agregó que Albo, el sujeto que tenía el Stradivarius en Tucumán, negó haber llamado a Luis Ferrari esos días, pero en el análisis de Gendarmería Nacional “hay comunicaciones con el celular y, a su vez, comunicaciones de con los teléfonos de las causas penales”. Eso tampoco se profundizó. Sí se comprobó la llamada que Enrique Ferrari dijo que Luis mantuvo con el “Negro” Iturre.

 

“Está acreditado que se movía en un ambiente difícil y también aparte todos estamos expuestos a diario a riesgos permanentes, entonces ¿cómo vamos a establecer en forma inequívoca la culpabilidad de Ferrari? La propia madre reconoció que tenía relación con los Ale, que los conoció en el penal (…). Nunca se ha investigado nada”, criticó Gay en su alegato.

 

“No puedo descartar que existan otras personas que pudieran tener interés causal en matarlo, o sin causal. Todos estamos expuestos. Entonces, frente a tanta deficitaria instrucción y orfandad probatoria no encuentro mayores elementos incriminatorios que permitan inferir en grado de certeza que el imputado Enrique Ferrari pueda ser el autor del hecho”, concluyó. Por eso pidió su absolución por el beneficio de la duda.

 

Los jueces Graciela Viaña de Avendaño Juan Storniolo y Osvaldo Pérez Roberti emitieron una sentencia absolutoria el 7 de mayo de 2012: “el imputado hipotéticamente pudo haber intervenido en este hecho delictivo, es probable, pero también es muy probable que otras personas haya sido los autores. Tenemos que si la fiscal pide absolución, no hay acusación”, analizaron.

 

“Por consiguiente la defensa no tiene de qué defenderse, se trataría de la refutación de una imputación imaginaria. En consecuencia, el tribunal no está facultado a condenar (…)”, concluyeron.

Camarista Graciela Viaña de Avendaño.

LA DISIDENCIA

Cabe señalar que la vocal Viaña de Avendaño emitió un voto fundamentado donde aclaró que se vio “compelida” a absolver a Ferrari por falta de acusación fiscal, pero discrepo con sus colegas al opinar que había indicios que implicaban al acusado.

 

“Entiendo que el alegado fiscal estuvo desprovisto de motivación válida y suficiente al omitir valorar indicios graves, relevantes para la dilucidación del caso concreto”, disparó.

 

Viaña sostuvo que llegó “a la conclusión de que Enrique Arold Ferrari es el autor material del homicidio simple en perjuicio de Luis Oscar Ferrari. Está acreditado con pruebas directas”. Consideró que hubo indicios concretos de la presencia y participación del acusado en el crimen y valorizó el testimonio de la madre de la víctima al momento del hecho, que se deterioró con los años.

 

En ese sentido, rescató que había descripto huellas sospechosas en la casilla, como sangre en el colchón y absorbida en el piso, que también fue advertida por la policía, que añadió un fuerte olor a lavandina, como si hubiesen limpiado el lugar. Y que creía que a su hijo lo habían descuartizado en una gran piedra a la orilla del río, donde se destripaban pescados, aunque no fue posible determinar sangre humana.

 

También rescató dichos de su madre cuando recordó que le advirtió en una carta a Luis que su hermano “lo iba a matar”. O que recordó que en una oportunidad Enrique le disparó en los pies con un arma a Luis para que “le hiciera no sé qué cosa”.  O un tío, Dardo Cruz, que recordó que Enrique “le dijo que si no le pagaba (una deuda) lo iba a matar, a lo que Luis le respondió que no le tenía miedo y que si debía hacer algo lo hiciera de atrás”.

 

Viaña consideró que la víctima, por su condición de militar que siempre andaba armado, no podría ser sorprendido por cualquiera y que su hermano –veterano de guerra- era un oponente que podría matarlo mientras dormía a su lado. Cuestionó a la fiscal porque “no valora que el autor tuvo casi seis horas para ultimar, desmembrar, trasladar, limpiar y armar su coartada” esa noche.

 

También señaló el temor reverencial que Guines le tenía al acusado, que se sintió intimidado cuando la policía lo interrogó en su presencia, pero cuando era llevado en un móvil se quebró: “al ser trasladado por una comisión policial comenzó a llorar y les dijo que sentía miedo de hablar por Enrique Ferrari, que era peligroso, y el único que pudo darle muerte a su hermano, ya que la noche anterior habían discutido los hermanos, quienes no se llevaban bien”, según declaró el policía Julio Cisneros.

 

Y agregó que Guines “presenció una discusión y que (Luis) le dijo que no dormía tranquilo”. También añadió que tres meses antes la víctima “tuvo una discusión con su hermano Enrique, quien le había dicho que vendría al puente a matarlo y que ese viernes (de la desaparición) habían discutido de nuevo por razones de dinero. Le pidió a su hermano que le devolviera 800 dólares y otras cuestiones y Luis le dijo que se fuera del lugar, a lo que se negó Enrique”. Pero Guines, como es sabido, desapareció de La Dormida y nunca pudo ser ubicado como testigo.

 

Por otra parte, consideró como indicio que Ferrari se llevara todas sus pertenencias al día siguiente y se mostrara nervioso al ser preguntado por Luis. Y que luego se despreocupara de la desaparición de hermano pese a que lo sindicaba como “conectado con la mafia tucumana, prostíbulos, drogas, amenazas, etcétera”.

 

La jueza enfatizó que los únicos que vincularon a la víctima con la mafia fueron el acusado y su hermana, con quienes solían tener diferencias. “Nada se ha corroborado, ningún testigo que lo conocía como Valdez, albo, Juárez, etcétera, habló de historias oscura como pretende la fiscal, la defensa, el imputado y su hermana”, apuntó.

 

En cuanto a las mutilaciones, interpretó que “lejos de tratarse de un mensaje mafioso como se pretende dejar entrever, se trató de un hecho que pretendió tornar irreconocible el cadáver mutilando precisamente zonas que únicamente podrían ser conocidas por el círculo íntimo” de la víctima.

 

En cuanto a la distancia en que fue encontrado, señaló que eso pudo ser obra de la corriente: “Sería ilógico pensar que el curso de agua que va de Noroeste a Sudeste y río abajo no haya arrastrado el cuerpo”.

 

Recordó que la forense Matilde Schmidt señaló las armas blancas secuestradas al sospechoso como compatibles con los cortes que presentaba el cuerpo mutilado, y precisó que una de ellas tenía sangre compatible con humana, pero no se pudo extraer ADN.

 

Poco después falleció la madre de la víctima y el acusado, Eladia Cruz de Ferrari. Y hace pocos años el propio Enrique Ferrari, según confirmó su abogado defensor Miguel Torres. Como en muchas causas resonantes que fracasan en juicio por su endeblez probatoria, nunca fue reactivada y continúa impune.

 

En cuanto al costoso Stradivarius, tampoco se volvió a tener noticias. En noviembre de 2015, la directora nacional de Patrimonio y Museos, Claudia Cabouli, supervisó la conformación de un comité para recuperar bienes robados. La iniciativa surgió de la dirección de Patrimonio Histórico, a cargo del historiador Alejandro Yocca, tras inventariar los catálogos de los museos que quedaron bajo su esfera y comprobar el despojo que sufrió la provincia.

 

El fiscal de Estado, Raúl Abate, señaló entonces que “aquí se robaron colecciones de monedas y relojes antiguos, e incluso estoy en la búsqueda de un violín Stradivarius que fue secuestrado en una época y luego quedó en la nebulosa, para determinar quién lo tiene y rescatarlo, como así también otros bienes como pianos y cuadros que eran de la provincia. Se tratará de buscar su paradero”, afirmó. Ese violín desapareció después del traslado de Jefatura de Gabinete por las remodelaciones del actual edificio del Centro Cultural del Bicentenario.